Sun05202012

Libro la odisea, Un Proyecto de Amigos: HMS (Parte II)

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La aspiración fijada para 1986 topó con Miguel de la Madrid, quien decidido a despejar el camino de Carlos Salinas de Gortari descartó como uno de los presidenciables a Labastida Ochoa.

Francisco Labastida Ochoa –entonces Secretario de Energía, Minas e Industria Paraestatal- exiliándolo a Sinaloa para que fungiera como candidato del PRI a la gubernatura. La jugada de Salinas arrebató a Ernesto Millán Escalante, hasta entonces el principal prospecto, la gran oportunidad de su vida, y a Juan Millán, que ni siquiera la vio de cerca en esa ocasión, no le quedó más remedio que dedicarse a terminar su responsabilidad en el Senado.

Posteriormente, a petición reiterada de Luis Donaldo Colosio, Millán fue convertido en dirigente estatal del PRI en marzo de 1989, cargo desde el que mantuvo serias discrepancias con el gobernador Labastida, especialmente agravadas por el proceso electoral de noviembre de ese mismo año, en el que el PAN acusaba al ingeniero Lauro Díaz Castro –candidato del PRI a presidente municipal de Culiacán- de haber cometido un fraude en el décimo cuarto distrito, correspondiente al valle del río San Lorenzo.

Negociaciones realizadas en las altas esferas de la política estatal y nacional culminaron con la decisión de entregar la presidencia municipal de Mazatlán al panista Humberto Rice García, ello a cambio de no quitar a Lauro el “triunfo” que había obtenido en Culiacán.

En protesta contra esos pactos, que serían conocidos como ‘concerta-cesiones’ PAN-PRI, Millán, en lo que pareció el aniquilamiento de su futuro político, renunció a la dirigencia del tricolor luego de participar en una concurrida marcha de militantes priístas que partió desde el edificio sede del PRI y llegó hasta el Congreso Local, entonces ubicado por la calle Rosales.

Sin embargo, en 1991 buscó y obtuvo la candidatura de su partido para diputado por el cuarto distrito electoral federal, entonces integrado por Concordia, Rosario, Escuinapa y parte de Mazatlán.

En esa elección, Gustavo Guerrero Ramos apareció como candidato a senador… y como el favorito de Francisco Labastida Ochoa para la sucesión gubernamental de 1992. Por ello, si bien Millán Lizárraga mantenía el dedo en el renglón de sus pretensiones, se mostraba consciente de que en esa ocasión sus posibilidades eran aún menores que en 1986, pues diversos indicios apuntaban a que Manuel Camacho Solís había conseguido el ‘visto bueno’ de Salinas para Guerrero Ramos.

Además, sabía que Labastida Ochoa, en su carácter de jefe político, podía ejercer contra él un aplastante derecho de veto, tan real como común en esos tiempos del tricolor.

Los planes del entonces gobernador finalmente fracasarían porque, según comentara el extinto Manuel Lazcano Ochoa, Secretario General de Gobierno en aquel momento, Labastida cometió un error ‘de primaria’: intentar cambiarle la pichada al presidente Salinas de Gortari, y en vez de mantener su propuesta en la persona de Guerrero Ramos, pretendió forzar las cosas a favor del entonces presidente municipal de Culiacán, el ingeniero Lauro Díaz Castro.

Efectivamente, en enero de 1992, a su regreso de un viaje por Florida, EU, Labastida ordenó a Fernando Díaz de la Vega, dirigente estatal del PRI, y al referido Manuel Lazcano, empezar a trabajar por Lauro Díaz Castro. Meses después, en mayo de ese mismo año -específicamente el jueves siete-, Labastida instruyó a Lauro para que, en una gira por el sur de Culiacán, diera el “albazo” de su candidatura; sin embargo, a la altura de la Sindicatura de El Salado, su avanzada recibió la noticia de que el ingeniero Renato Vega Alvarado ya había recibido los clásicos ‘pronunciamientos de los sectores’.

Por eso no llegó Gustavo Guerrero, pero tampoco Lauro Díaz Castro.

Lejano a las preferencias oficiales del momento, a Millán Lizárraga sólo le quedó continuar su gestión como diputado, que concluyó en 1994, año en que intentó y logró volver al Senado de la República en aquel funesto proceso en que Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI, cayó asesinado en Lomas Taurinas, Tijuana.

En su segundo desempeño como senador, Millán recibió la invitación de Santiago Oñate para hacer equipo con él en la dirigencia nacional del PRI, posición que robusteció su aspiración de contender por la gubernatura del estado en 1998, año en que afrontaría una disputa nueva con un viejo adversario: Francisco Labastida Ochoa.

Amparado por el presidente Ernesto Zedillo, primero como Director de Caminos y Puentes Federales (CAPUFE), después como Secretario de Agricultura y más tarde como Secretario de Gobernación, Labastida persistía en su añeja intención de convertir a Lauro Díaz Castro en candidato del PRI a la gubernatura.

Ahora más que antes tenía ‘con qué’ hacerlo, considerando su privilegiada posición, no sólo como Secretario de Gobernación, sino principalmente como el más fuerte aspirante del PRI a la candidatura presidencial del 2000. Como era de esperarse, se dio el encontronazo.

Primero, Juan Millán declaró a los cuatro vientos que en Sinaloa había dados cargados. Después, el 5 de mayo de 1998, Labastida invitó a Millán a sostener un encuentro en el propio Palacio de Bucareli. Ahí le acusó de estar detrás de la campaña mediática que había contra él, y le exigió detener la embestida, o que de lo contrario le obligaría a hacerlo.

Contra lo esperado, Juan S. Millán reaccionó duramente ante el entonces Secretario de Gobernación, recordándole que en aquel momento gozaba de una posición mucho más sólida que durante el período 1987-1992, que ya había crecido políticamente y que había pasado ya por el segundo puesto de importancia en el Comité Nacional del PRI.

Luego de dicha careada finalmente pudieron llegar a un acuerdo: se realizaría una elección interna para elegir, entre los prospectos, al mejor candidato del PRI a la gubernatura de Sinaloa, para lo cual Labastida se comprometía a sacar las manos del proceso.

El día de la elección interna, realizada el domingo 24 de mayo de 1998, a eso de las 23:00 horas, llamamos a Fernando Díaz de la Vega, coordinador de la precampaña de Lauro Díaz Castro, para averiguar cómo iban. Su respuesta fue una pregunta nerviosa:

-¿Cómo van aquellos?

“Estos ya se chingaron”, dijimos para nuestros adentros.

En cambio, cuando con el mismo propósito llamamos a Abraham Velázquez, encargado de coordinar una parte de la campaña de Millán, su respuesta fue concluyente:

-¡Los dejamos regados en el campo!

Y así fue. Millán arrasó al ‘candidato oficial’ Lauro Díaz Castro.

Superado el reto de aquel complicado proceso interno, la elección constitucional pareció a muchos un mero trámite, y así lo confirmaron los resultados en las urnas: Rubén Rocha Moya, del PRD, recibió 147,669 votos; Emilio Goicochea, del PAN, 273,786.

Juan S. Millán Lizárraga, por su parte, obtuvo 398,485 sufragios, es decir, 124,699 de diferencia respecto de su más cercano competidor…

Con su ascenso a la gubernatura de Sinaloa el 1 de enero de 1998, Millán concibió y comenzó a trabajar en un proyecto que implicaba extender su influencia más allá de los seis años de su gobierno.

Era un proyecto tendiente a conservar el poder político del estado mediante la transmisión sucesiva de la gubernatura a los miembros ‘incondicionales’ de su grupo político: primero, a Jesús Aguilar Padilla; después, a Abraham Velázquez Iribe…

No obstante, como veremos a continuación, sus idílicas proyecciones darían un vuelco inesperado.